Entrevista a Gianfranco Quattrini, por Milagros Leiva. Tomado de Canal N. 2006.

Acaba de terminar la filmación de Chicha tu Madre, su primera película, y literalmente está flotando de felicidad. Nació en el Perú, pero creció en Estados Unidos. Radica en Argentina y, antes de partir, asegura que ya lanzó sus anclas afectivas en Lima.

«Hago cine por necesidad. Ya no puedo hacer otra cosa. Y soy un afortunado porque he encontrado mi camino. Trabajo con placer».

¿Por qué Chicha tu madre?

Cada uno tiene un poco de Chicha tu madre y cada uno deberá descubrir qué quiere decir.

¿Es una lisura?

No, es una actitud.

¿Te sientes peruano?

Sí, pero también argentino. Me siento latinoamericano. Hacer mi primera película aquí fue plantar mi bandera y decir que mi identidad también tiene que ver con el Perú.

En Argentina dirigiste comerciales y video-clips…

Los videos musicales me ayudaron a crecer, sobre todo los que hice con Vicentico, Spinetta y Divididos. Fue un buen entrenamiento por su estética particular. Ahora pienso que Chicha tu madre es como un gran video-clip.

¿Spinetta o Vicentico?

Spinetta, es un buen tipo, tiene una humildad extrema y un sentido del humor muy propio.

¿Por qué abandonaste tu carrera de actor?

Decidí que lo mejor era exponer a otros. Ja, ja, ja.

¿O no te iba bien?

No, sí me iba bien, pero me daba vergüenza. Ahora que dirijo sé lo que siente el actor.

¿Es cierto que eres intransigente?

No me gusta ceder nada de lo que quise hacer originariamente. Es parte de mi temperamento. Soy testarudo y por suerte tengo gente delirante que me acompaña. He producido mis cosas y sé hasta dónde puedo llegar. Terco por las puras no soy.

¿Exigente?

Bastante. Conmigo y con mi entorno. Debes tener claro de dónde vienes y a dónde vas, esa es la clave. El cine es un trabajo minucioso y si te olvidas de un detalle pierdes el día. Por eso la exigencia.

El protagonista de tu película se gana la vida leyendo el Tarot y haciendo taxi, pero termina migrando a la Argentina. ¿Es una historia de transiciones?

Sí, de transiciones emocionales fuertes. Hemos capturado momentos de la vida muy profundos, que tienen conexión con cualquier persona porque hablo de cosas universales. La paternidad, el desafío de subsistir, de tener una identidad.

¿Esas transiciones tienen que ver contigo?

Mucho. Cuando vine a Lima comencé a caminar por barrios que no conocía. Antes solo paraba en Miraflores, San Isidro, Casuarinas y el aeropuerto. La última vez, conocí la Lima que se menosprecia, esa es la película.

¿Y qué tal Tula Rodríguez?

Espectacular. Mucha gente tiene prejuicios con ella, pero va a demostrar que tiene un gran talento. Me parece una mujer muy trabajadora.

¿El cine es una tarea de paciencia?

Y de confianza en uno mismo, de entender que las cosas llegan en su momento. Hacer cine es una odisea y la única manera de regresar victorioso es lanzarse con pasión. Mi objetivo ahora es lograr que la película sea una fiesta, que la gente se sienta contenta de vivir en Lima y de tener sus defectos.

¿Qué guardas de Estados Unidos?

El inglés y la vida sin problemas. Pasé mi infancia en Chicago y perdí la inocencia en Argentina.

¿Viajar es tan apasionante como hacer cine?

Para mí sí, me encanta llegar a una ciudad que no conozco y salir a caminar sin mapas. El cine también es un viaje. Emocionalmente es desgarrador.

¿Tanto como cuando viste nacer a tu hijo? La gente que te conoce dice que extrañas demasiado a Lorenzo.

No tienes idea, ya no aguanto más. Ahora solo quiero ver a mi esposa y a mi hijo. Han sido tres meses de ausencia. Y debo reconocer que ver nacer a Loren fue impresionante. Cuando nació el universo se abrió y un rayo me partió la cabeza. Ser padre es una bendición.

¿A quién le dedicas tu primera película?

A Gustavo Pesoa. Un amigo que falleció mientras hacíamos la película. El fue el coguionista de mi próxima película y su talento era extraordinario. A través de esta película, el Tarot me enseñó que la muerte es parte de la vida y que todo apunta al renacer. Ahora soy otro.

¿Tienes miedo a la muerte?

No, ya no. Hace tiempo dejé de temer.

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