Entrevista a Víctor Erice, director de El espíritu de la colmena, realizada por D. M. Publicada en la revista Fotogramas (España). Nº 1313. 14 de diciembre de 1973.
No cabe la menor duda de que dentro de las estructuras industriales cinematográficas los Festivales Internacionales son un eslabón más de la cadena. Y como tal, pesan sobre ellos numerosos condicionantes, desde las presiones particulares de las distribuidoras hasta la actitud personal de las «estrellas y «estrenos», que pueden ganar el premio de interpretación como pago a su simple presencia en el festival. Por todo esto es más de admirar y de extrañar el hecho de que este año, en San Sebastián, haya triunfado una película que se encuentra totalmente al margen de los preceptos y los cánones al uso, una película bellísima y diferente que destruye ese nefasto «dos-por-tres» industrial que desgraciadamente estamos acostumbrados a ver como cine actual. En el maremagnum de intereses del Festival de San Sebastián, en la loca carrera para conseguir esa Gran Concha de Oro a medio camino entre un cenicero de lujo o una jabonera dorada, El espíritu de la colmena de Víctor Erice logró limpiamente y sin más ayuda que su calidad, el voto de los siete jurados de una forma unánime y sin dudas, como ha escrito Alfonso Sánchez o ha dicho públicamente Rouben Mamoulian, ambos miembros del jurado. Ha sido un premio coreado por grandes aplausos… y por grandes protestas y pateos, desde luego.
ERICE – La confrontación de una película con el público es, qué duda cabe, muy importante. Incluso se puede decir que la obra cinematográfica sólo existe, de una forma objetiva, a partir del hecho de su contemplación. Si nadie la ve, en cierta medida, no existe. Está muy bien que esto sea así. Porque, a partir del hecho de ser mirada, la película, de alguna manera, se emancipa, empieza a vivir una vida propia. Por este motivo, soy incapaz de establecer un juicio de valor sobre las distintas actitudes del público. Aunque lograra hacerlo, carecería de sentido. De todas formas, la apasionada división de opiniones suscitada en el Festival la noche de los premios (una plataforma y unas circunstancias que juzgo lo suficientemente abstractas y excepcionales como para constituir un auténtico índice de valor) me parece un síntoma posi-tivo. En definitiva, lo que más me preocupa es el destino de esas películas que, al margen de sus posibles méritos cinematográficos, pasan sin pena ni gloria, no suscitando ni el amor ni el odio, sino, simplemente, una rutinaria indiferencia.
—Y además, está la crítica. Algunos periodistas han atacado duramente a El espíritu de la colmena. Han acusado a la película de lenta, larga, de aburrida.
—Bueno, en primer lugar, dicho sea de paso, me parece que no estoy de acuerdo con la consideración de que esas críticas sean duras. Es más, creo que en el fondo encierran una gran dosis de debilidad. Debilidad que puede ser quizás, en última instancia, la de todo un sistema de opinión. Vamos a ver si me explico brevemente, evitando entrar en el terreno de la anécdota particular, porque la verdad es que no me interesan esas polémicas interpersonales en las que todo el mundo acaba tirándose los trastos a la cabeza de mala manera, y que tantas veces sólo suponen un desahogo bastante ramplón de una larga serie de insatisfacciones vitales. Sucede, desde hace tiempo, que un sector de los comentaristas cinematográficos de nuestro país, perteneciente no sólo a la prensa diaria, viene situando sus opiniones, cada vez con más frecuencia, al nivel de la gacetilla. De alguna manera, quizás inconsciente, vienen a heredar así, por distintos caminos, los reclamos de una vieja actitud ante el fenómeno cinematográfico: aquella que en cada comentario, a raíz de un estreno, se limitaba casi exclusivamente a sugerir al espectador en potencia la oportunidad de ver una película o no. La evolución general del cine en el mundo durante estos últimos quince años, junto con el inmovilismo de aspectos sustanciales de nuestra vida cinematográfica nacional, han puesto aún más de relieve, si cabe, las insuficiencias, las contradicciones, el subdesarrollo de un contexto crítico de semejantes características. Esta situación, cada vez más enrarecida, ha dado origen a una retórica especial que se aplica cotidianamente, de una forma indiscriminada, y de la que sólo se mantienen al margen unas cuantas excepciones. Excepciones, debo precisar, que no tienen necesariamente que ver con la edad de los críticos firmantes, como a veces se ha dado a entender, un poco a la ligera, en alguna revista especializada. En realidad el problema es mucho más amplio, y está íntimamente relacionado con las circunstancias de nuestra vida civil. En cualquier caso, esa retórica a la que me refiero ha ido acumulando a lo largo del tiempo un variado conjunto de frases hechas, lugares comunes, referencias mecánicas y adjetivos calificativos tras los cuales, con frecuencia, se oculta una insuficiencia profunda, la falta de una vocación auténtica, la elaboración de un sistema de autodefensa, la renuncia a una labor auténticamente informativa y clarificadora. Síntomas todos ellos de un agudo proceso de cristalización. Volviendo a El espíritu de la colmena, algunos críticos, en efecto, han escrito que se trata de una película lenta. Si uno trata, honradamente, de comprender hasta el final, seguramente terminará haciéndose la s-guiente pregunta: ¿en relación a qué? Pues bien, ninguno de esos juicios tan taxativos se molesta en contestar a esta interrogante tan elemental.
—¿Cómo es, entonces, el ritmo de El espíritu de la colmena?
—Creo que no soy el más indicado para contestar a esta pregunta. Ocurre, además, que desconfío cordialmente de las definiciones. Lo que sí puedo asegurar es que, en ningún caso, se trata de un film narrativo, sino de una obra de estructura fundamentalmente lírica, musical, cuyas imágenes aparecen sumergidas en el interior mismo de una experiencia mítica. Conviene recordar que se trata de una película volcada sobre el mundo de la infancia y su primitivo descubrimiento del mundo. Y que los niños, en definitiva, no tienen la misma conciencia del tiempo que los adultos.
—Parte de la crítica oficial catalana ha llegado incluso a insinuar que has ganado el premio gracias a unos manejos más o menos turbios por parte de tu productor Elías Querejeta…
—Esta es la primera noticia que tengo de un asunto semejante. Y me resulta sorprendente. ¿Qué puedo decir? De confirmarse, la verdad es que se trata de una acusación muy grave, de un caso de difamación pública, que pone en entredicho la honestidad y la solvencia, intelectual y moral, de los miembros del jurado. Sinceramente, me es difícil admitirlo. Semejante reacción sólo puede ser explicada a partir del sostenimiento torpe y exasperado de una postura que creo no debe recurrir a este tipo de procedimientos, sencillamente porque descalifican automáticamente a quien los utiliza. Es posible, desde luego, que la decisión del jurado internacional haya venido a poner en evidencia las opiniones de determinados críticos. Si de lo que se trata es de ocultar esa evidencia, semejante tipo de reacción tendría únicamente que ver con un crispado sistema de autodefensa personal, que, en este caso concreto, sólo supondría una actitud incivil y difamatoria. Repito, me resisto a creerlo.
En el 68 consiguió ya una Concha de Plata, junto con Egea y Guerin, por la película en «sketches» Los desafíos. Fue lo primero que hizo, también de-la mano de Querejeta, ese productor casi cinco años sin trabajar, en los que Erice ha sobrevivido a golpe de película publicitaria (los jabones más olorosos y los biolavantas más blancos) porque al parecer en el cine español no hay sitio para los «otros» directores y para las «otras» películas, fuera de Masó, Lazaga y algún que otro Eloy de la Iglesia para despistar. Ahora, con su primer largometraje Víctor Erice ha conseguido la Gran Concha de Oro. Quizás ahora vuelvan a transcurrir otros cinco años hasta su segunda película.
ERICE—Durante casi cinco años no he tenido otras oportunidades de trabajar. La situación de paro es, por desgracia, una situación bastante común entre un buen número de los profesionales del cine español.
—En tus películas ¿ambicionas hacer una labor cultural y social?
—La verdad es que esas son palabras mayores, que no sé hasta qué punto se corresponden con las circunstancias, tan relativas, que rodean cotidianamente nuestro trabajo. Al realizar una película, lo que me gustaría es poder descubrir siempre algo nuevo acerca de la vida. En este sentido, el cine es para mí, entre otras cosas, un instrumento de trabajo, y una posibilidad de aprender. Un lenguaje que aspira, en última instancia, a convertirse en una forma de conocimiento total. Pero ocurre que vivimos una realidad vital y cinematográfica completamente escindidas. Trabajar dentro del cine supone asumir una serie de contradicciones, de escisiones radicales, que chocan de inmediato contra cualquier deseo de totalidad.
—Y los resultados…
—Los resultados, por lo general, y me refiero ahora solamente a aquellas obras que persiguen algún tipo de tensión creadora, son unas películas llenas de crispación, de ansiedad inevitable. Me parece que fue Américo Castro quien, al examinar históricamente las formas tradicionales del sentir nacional, escribió que los españoles vivimos «desviviéndonos». Esta descripción, si la aplicamos a un cierto sector de nuestro cine, me parece que sigue siendo exacta. Lo cual no sé si, a la postre, es bueno o malo. Imagino que todo depende, en definitiva, del modo en que cada uno resuelva su aventura personal.
Víctor Erice: treinta y tres años con aspecto de veinticinco, tímido, introvertido, sencillo y miope. Víctor Erice, siempre con su eterno traje de pana negra (incluso cuando recogió su premio, entre los flamantes smokings y los echarpes de visón), con su cara de despiste, con su aire de «vive y deja vivir». Víctor Erice, Concha de Oro.
ERICE—La verdad es que todo lo que uno pueda decir está ya mucho mejor expresado en la película realizada. De ella se puede extraer el pensamiento del director y muchas cosas más. Quizá por esto desconfío a menudo de las palabras, en la medida que pueden limitar el sentido de lo que quieres expresar. En el cine, el sentido es inseparable de la imagen y del sonido. Y la experiencia del cineasta es, ante todo, una experiencia visual. Por todo ello, pienso que es mucho más útil, más completo y menos equívoco ver la película.
—Víctor, ¿qué te ha supuesto la experiencia de San Sebastián?
—Lo más importante para mí ha sido, a raíz de la proyección de El espíritu de la colmena, encontrar a determinadas personas, hablar con ellas y descubrir a través de sus opiniones nuevos aspectos del film. Confieso que me ha emocionado mucho la solidaridad espontánea que se ha creado alrededor de la película por parte de un cierto sector de cineastas. He recibido testimonios de una generosidad tan grande que creo van a constituir una ayuda moral inestimable para mi trabajo. No me encuentro todavía en condiciones para juzgar la importancia del premio. El futuro lo dirá. Lo que me gustaría, en cualquier caso, es que este premio representara a esa minoría de cineastas que, en medio de las dificultades de todo tipo, luchan por hacer un cine más auténtico.
Víctor, ahora, es asediado por los «chiquitos de la prensa» y está corriendo un verdadero sprint de entrevistas. Paradójicamente, saborea las fatigosas «mieles de la fama» mientras otea un porvenir cinematográfico cubierto de negros nubarrones. Víctor Erice, treinta y tres años, introvertido, tímido, sencillo y miope, quizá tenga que esperar la llegada del próximo año bisiesto para ponerse de nuevo tras una cámara. A pesar de San Sebastián, a pesar de la unanimidad y a pesar de esa flamante Gran Concha-Jabonera de Oro.


