Entrevista a José Ramón Novoa, por Robert Gómez. Publicado en el diario El Universal (Venezuela). 11 de junio de 2000.
José Ramón Novoa estrena película. Buena noticia para una cinematografía que no puede jactarse de ello todos los días. Aplaudido por Sicario, incluso en las antípodas (el film ganó el primer premio del Festival Internacional de Tokio), Novoa sigue revolviendo marañas de violencia. De las barriadas de Caracas, su equipo de producción se mudó a las entrañas de Payapal, en plena selva. Cuatro horas de camino, dos de ida, otras dos de vuelta, acentuaron las jornadas de rodaje de Oro diablo, historia de Sonia Chocrón que por asuntos de olfato comercial, terminó cambiando de nomenclatura para llamarse Garimpeiros; todo sea por llenar de nuevo las salas; punto de honor para quienes hacen cine en Venezuela.
«No olvido el público venezolano», afirma el realizador. «Vivo procesos y tengo contradicciones, pero no olvido a público. Me gustaría llegar a un espectador más intelectual, pero ahora es difícil acercarlo a nuestro cine. La expectativa que tengo con esta película es que en ella el público encuentre más cosas que yo hago en el cine. Novoa no es una persona superficial, banal, que aprovecha situaciones específicas para atraer al público. Tal vez mi trayectoria dirá que hubo mucha honestidad en mi proceso de hacer cine».
Novoa llegó a Garimpeiros a través de una propuesta de Sonia Chocrón. Tema que ya había considerado en el pasado, lo guardaba en su tintero de posibilidades. El mismo proceso que hoy viven El Don de Henry Herrera y Los jardines del mal de Gustavo Ott, un par de historias que llevarían por otros derroteros a este admirador empedernido de la trilogía El padrino de Francis Ford Coppola.
«Sí existe un interés en penetrar en algo más íntimo a futuro. Ver las colas a las puertas del cine ya no me interesa. Las quiero, pero no es el fin. Después de Agonía estaba urgido de ello. Quería que fuese mucha gente, pero a estas alturas no me afectaría que fuese así.»
