Entrevista con Fernando Pérez, director de Suite Habana, por Luis Raúl Vázquez Muñoz. Publicada en Juventud Rebelde (Cuba). 28 de junio de 2003.

Fernando Pérez ve sus películas con la asepsia de un médico. Cruza las rodillas e inclina el cuerpo hacia delante. Así permanece durante horas, con el rostro apoyado en la mano y ausentado del mundo, mientras las luces del proyector juegan sobre una melena encanecida, pero que aún guarda sus aires de desenfado.

De ese modo vio Suite Habana, en el cine Carmen, de Ciego de Ávila. Puede que le buscara los detalles; o que recordara momentos que solo él le conoce. Como el día en que José María Morales, el coproductor de La vida es silbar, le pidió un documental sobre La Habana, como parte de una serie nombrada Ciudades Invisibles. O el sobresalto cuando le dijeron, en plena filmación, que el proyecto no iba por falta de financiamiento. «Aunque el alivio llegó enseguida», dice Fernando. «Porque dijeron: ‘Ustedes sigan. No paren, que ya han trabajado bastante’.»

Y ahí está Suite Habana, un documental que por estos días hace sudar a los críticos cuando tratan de ubicarla en un género; mientras que su realizador sonríe, porque él no hizo otra cosa que atender a los guiños que la vida le lanzó mientras filmaba.

¿Qué alternativas, a favor o en contra, usted sopesó durante la semana en que meditó si filmaba o no a Suite Habana?

Yo tenía como temores, es la verdad. La idea inicial era compleja: filmar un día en La Habana y que ella fuera la protagonista, con su muchedumbre. Pero, ¿La Habana es una sola?, ¿cuántas Habanas existen?

De ahí pasé a la idea de contar historias; aunque sin diálogos, solo con imágenes. Quizás lo que logró el director norteamericano Goofrey Redgio en los documentales Kooyanisqatsi y Powaqatsi, en los que da el desarrollo de la humanidad a través de abstracciones, pero sin personajes.

Luego vino otra dificultad: ¿qué personajes se mostraban? Estaba La Habana de los funcionarios y los teléfonos celulares; pero no sabía cómo mostrarla. También se encontraban los marginales, con su carga de corrupción y violencia que, ya de por sí, ponen limitaciones para filmar. Al final me quedé con la gente de a pie, que trabajan y tiene una vida que, de tan común, terminamos por no verla. Así fue como decidí.

¿Por qué fue una semana y no tres días, quince o un mes para pensar, por ejemplo?

Porque había urgencias y grandes. Para filmar y también por parte mía. Si pedía 15 días o un mes, podría perder la oportunidad. Y yo llevaba cuatro años sin filmar; aunque tampoco quería dar un paso en falso. Era la contradicción del sí pero no y el no pero sí. Al final me miré bien por dentro y dije: «Sí, voy a filmar».

¿Y los personajes de Suite Habana, cómo surgieron?

Después de un mes de investigación. El primero fue el saxofonista. Lo tenía en el barrio, y un sábado por la noche lo veo venir en bicicleta con el saxofón y todo trajeado, sin el aspecto de ferrocarrilero. Exclamé: ¡Eh!, ¿¡qué tú haces así!? Y me contó lo que hacía en la iglesia. Él nos dio la perspectiva de cómo mirar a las personas que debíamos escoger: con una vida pública y con otra más privada, pero también muy importante.

Luego Gloria María Cossío, la directora asistente, se lanzó por toda La Habana a buscar. Yo le dije: «Chica, tiene que haber un bailarín que tenga la casa mala». Y le dijeron que fuéramos a Lawton, donde había uno. Así apareció Ernesto. El médico-payaso fue parecido. Conversamos y cuando dijimos que buscábamos a alguien que se iba del país, para tratar el tema de la separación, él abrió los brazos y dijo: «Esa persona es Jorge Luis, mi hermano».

Un día nos contaron de un padre que mostraba un interés inmenso por conocer cómo tratar a un pequeño con el Síndrome de Down. Fuimos y ahí estaba Francisquito y su familia, y mis deseos de contar la historia de un niño con esas características y que es feliz, porque lo aman.

A Amanda la conocía sin saberle el nombre. Sucede que, en mis recorridos por La Habana, siempre me llaman la atención esos viejitos que venden periódicos y maníes, como con pena. Yo hasta les compraba cuatro cucuruchos y me decía que algún día contaría algo sobre ellos. ¿Qué cosa? No sabía, pero tenía que hacerlo.

¿Tuvieron que superar muchas barreras para entrar de lleno en la vida de los personajes?

En lo absoluto. Desde la primera entrevista no hubo desconfianza, no hubo preguntas de que mira qué va a pasar con esto…, no, no. Llegamos y se pusieron así, a la disposición de nosotros. Y ellos no sabían que les íbamos a pagar.

¿Desde el comienzo, usted tuvo la idea de filmar un documental con elementos de ficción o esa idea apareció sobre la marcha?

Sobre la marcha y a medida que aparecieron las historias. Yo no quería caer en los convencionalismos. Entonces se decidió meter en el juego los encuadres y movimientos de cámara, para potenciar lo que se quería decir. De esa forma, comenzamos a trabajar con personajes reales, pero que viven sus vidas en una puesta en escena de ficción.

Por ahí sale el desconcierto con Suite Habana. Algunos dicen que hay más ficción que realidad y no es cierto. Allí no se alteró nada. Ellos están viviendo sus vidas. La escena del aeropuerto y del avión, cuando Jorge Luis se va, es real. Nosotros le dijimos: «Vamos a poner la cámara y que ocurra lo que vaya a ocurrir». Nosotros no interferiremos en nada. Y ahí está la escena».

Usted trabajó con un guión abierto, pero el filme muestra una armazón sólida. ¿Suite Habana es una obra informal o una estructura bien pensada para transmitir y conmover?

En esta cinta trabajé con la escaleta de un día en La Habana. Yo no tenía que filmar las 24 horas de existencia de los personajes, pero sí cogerlos en momentos muy precisos. A nosotros nos interesaban ciertos elementos de la vida cotidiana, que todo el mundo ve y no salen a flote. Por ejemplo, el bañarse con un cubo y una latica, los granos de arroz cuando son escogidos uno a uno, el plancha-plancha de todos los días, la bicicleta…

Le dimos mucho margen a la improvisación para ver qué nos daba la realidad. Ahora, en mi mente sí escogía las escenas que me interesaban, porque la estructura definitiva saldría en la mesa de edición. Allí armamos las historias por separado para ver qué aportaba cada una. Luego se hizo el entramado, que fue lo más difícil; aunque, al final, salió de un tirón. No sé por qué; el caso es que salió así y cuando vinimos a ver Suite Habana estaba lista, latiendo con su hora y 20 minutos de duración.

Edesio Alejandro dijo que, de todos sus filmes, este era el más complejo desde el punto de vista musical…

De acuerdo con la banda sonora, Suite Habana sí es la película más compleja que hemos trabajado Edesio Alejandro y yo. Desde un inicio quisimos que cada efecto fuera una nota musical en la cinta y que reforzara las situaciones y el ambiente de los personajes, al punto de que parecieran irreales. Así salieron el ruido de los granos de arroz, los carros que suenan como si fueran el viento, el corte de las cebollas.

Con una particularidad: que todos fueron inventados. Los únicos sonidos grabados fueron los del payaso, algunos gritos en la ciudad y los de la vecina que le avisa a Francisquito que llegó el padre. Lo demás fue inventiva y un poco de archivo. Ese sonido del faro no es más que la boca mía y de Edesio haciendo fuaaa, fuaaa, delante de un micrófono. La farola no hace ruido, pero había que acentuarle su vida en la película, al igual que con otros objetos de la ciudad.

¿Qué ha pasado con los personajes de la cinta una vez que concluyeron las filmaciones?

Bueno, a Ernesto se le acabó de caer el techo de la casa, y parece que el Ballet Nacional lo ayudará en la reconstrucción. Del médico, supimos que dejó su oficio para dedicarse a actuar como payaso. Amanda se compró un refrigerador con el dinero que recibió de la película. Pero lo importante es que, según ellos, ver que Suite Habana les ha dado la posibilidad de mirarse por dentro y de empezar a tener otros sueños que antes no tenían.

El único que no alcanzó su sueño fue Waldo, el abuelo de Francisquito. Él quería salud para vivir, pero falleció tres días antes de la primera exhibición. Sin embargo, ese día el niño lo volvió a ver y en medio del cine señalaba a la pantalla y decía: «¡Ese es mi abuelo; miren a mi abuelo, miren a mi abuelo!».

¿Y Fernando? ¿Qué ha aprendido de la Cuba de hoy con Suite Habana?

Mira, Cuba es un sueño posible y lo será mientras no se mire de forma esquemática. Esta película trata del valor de las pequeñas cosas; de personas que no necesitan una botella de vino caro para ser felices, a pesar de que son pobres; de gente que sueña en medio de dificultades y logra sobreponerse. Si algo confirmé, más que aprender, fue que nuestra realidad no puede apretarse en moldes y que somos un pueblo de bailadores, sí, pero también de personas que reflexionan sobre la vida que les ha tocado vivir y la que quisieran tener. Y eso es un poco Suite Habana, un momento de intimidad en la Cuba de hoy.

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