Entrevista a José Ramón Novoa, por Rubén Puente Rozados. Revista Tal Cual (Caracas). 12 de junio de 2000.
Decir que el cine nacional no está en su mejor momento no es noticia para nadie (quizás para algunos desprevenidos). En Venezuela, sólo un director parece escapar de esta situación: José Novoa, quien con sus últimos filmes, Sicario y Huelepega (en calidad de director en uno y de productor en otro), ha sabido meterse de lleno en el «negocio» del cine: «El hecho que hayamos podido estrenar tres películas en cinco años da un rasgo destacable en la situación que vivimos»; en otros países, el caso sería risible, pero la experiencia vernácula es ésa.
Retratar las miserias del pueblo (constante en su filmografía) ha sido el gancho que le ha permitido hacer el click perfecto con el público: «Al hacer cine se debe pensar en el espectador, es él quien va al cine y esto es lo que quiere ver». La serpiente seguirá mordiéndose la cola en discusiones inacabadas: dar mortadela si la gente la pide.
Elia Schneider (esposa de Novoa y directora de Huelepega) no oculta, al preguntársele, una particular predilección por el director alemán Wim Wenders y «por el cine intimista y de fuertes emociones que él hace», es decir, el cine del que disfrutan pero prefieren no hacer. Los argumentos que esgrimen apelan a intereses personales: «Quise hacer Huelepega porque la historia me tocó enormemente». La validez es irrefutable.
En pantalones cortos
Los espectadores continúan asistiendo a las salas a ver lo mismo que reseñan diarios y noticieros televisivos:
«A nosotros nos interesa testimoniar —con imágenes— los temas sociales, lo que la gente sabe de oídas, pero quiere verlo de cerca», cuenta Novoa.
Parece ser que la oferta no le permite al público, al que el cineasta definió como «gente que vive asustada y que no se detiene en ningún semáforo», disfrutar de otras opciones. Está claro que «de las 80 ó 90 películas que se hacen en España, por ejemplo, un gran porcentaje son de denuncia social».
La tónica de sus tratamientos gusta mucho —por extravagante y exótica— en otras latitudes: Sicario obtuvo más de veinte premios en reconocidos festivales del extranjero. A lo que el director acota: «El cine venezolano anda en pantalones cortos, pues para nadie somos un gran competidor. Aunque a veces todo cambia: en el Festival de Huelva los nombres que más sonaban ignoraban el mío, hasta que me llevé el premio. Y eso contribuyó a que otros cineastas venezolanos empezaran a ser escuchados».
El sueño dorado
Garimpeiros narra la historia de Isabel (Rocío Miranda), una adolescente que vive en Payapal, pueblo del sur venezolano nacido bajo la influencia de la fiebre del oro, en el que los mineros del lugar buscan a la madre de la chica (Jenny Noguera) y a su amante por ser los presuntos ladrones de una gran cantidad de oro. Será Isabel quien deba pagar esta deuda cuando su vida dé un giro inesperado. La historia, cuyo costo fue de 500 millones de bolívares, ha permitido dar a conocer jóvenes valores de la actuación en un filme que afronta un momento en el que «deben retomarse batallas (sociales) que se han olvidado». Ese parece ser el fin último de una producción que contará de seguro con el apoyo del público en taquilla.
