Entrevista con Elia K. Schneider, por Robert Gómez. Publicado en El Universal (Venezuela). 22 de septiembre de 1999.
Luego de las batallas de rigor, Elia Schneider ha terminado su ópera prima. Huelepega, ley de la calle se acerca a las pantallas y se estrenará el 6 de octubre, al tiempo que inicia su periplo festivalero con una primera parada en Biarritz. Sin embargo, en su tortuoso camino el filme todavía afronta algunas barreras que atentan contra su proyección definitiva en predios capitalinos.
Mirada incómoda, aunque para nada censurable, Huelepega se sumerge con un tono casi documental en la violencia callejera, entre estrechos pasadizos de barrio, túneles urbanos, basureros o parques. Infancia maltratada, mujeres abusadas, delincuencia juvenil, instituciones en la mira desfilan ante la cámara de Schneider. El morbo ha quedado fuera y ella se instala casi como testigo de excepción en un submundo que transcurre sin detenerse.
—¿Cuál fue la motivación para rodar Huelepega?
—Mi trabajo de teatro siempre tuvo que ver con el tema de la supervivencia. Soy hija de sobrevivientes (las referencias de Auschwitz se encuentran en su memoria). Ese es el tema que he tratado casi sin darme cuenta. Todos los personajes de la película son sobrevivientes, en realidad todos lo somos, no estamos viviendo plenamente. Las limitaciones de este entorno, de gente que no puede bajar a las entrevistas o asistir al rodaje porque hay un cruce de tiros, las posibilidades de cambio fue mi motivación. Yo vi gente que sobrevivió a los campos de concentración y logró sobreponerse. Creo que es una motivación muy específica que luego he trasplantado, pero nuca vi la película como un tema sociológico, aunque tampoco puedo ser espectadora. Estoy contando la historia de una guerra que ocurre allá arriba, y cuando la rodé, respeté no sólo el contexto, no sólo el habla, sino también lo que allí sucede: el tráfico, las armas, los entierros.
—Su mirada es bastante documental.
—Se ve muy docudramático. Es algo que me halaga. Independientemente de la historia era algo que quería conseguir. Sin embargo, creo que no pienso mucho en ese tipo de cosas. Sólo las agarro y las voy metiendo en el trabajo. El estilo es producto de lo que va produciendo en el rodaje. De eso te das cuenta al final, aunque no sé si eso es bueno o malo.
—¿Esa actitud frente al rodaje, además del trabajo con actores no profesionales, debió incidir en el guión?
—Sí, por eso no entendía mucho qué era lo que censuraban, cuando el guión cambiaba siempre. Los actores enriquecían mucho las escenas, pues ellos sugerían por ejemplo cual era la manera de pesar la droga. Los hechos que están en la película no son producto de la imaginación, sino que existen. Respeté eso y por ello, a pesar de los ensayos previos, terminaba diciéndoles «está bien háganlo». No sabía adónde íbamos a llegar, cuál iba a ser la conclusión final, pero sí quería que se transmitiera una sensación de realidad. Que eso estuviera muy cerca de la película y por eso los dejé libres, que ellos se expresaran tal y como lo sentían.
—¿No cree que eso termina por afectar el nudo dramático y la historia del niño?
—No lo creo, además la película se llama Huelepega: ley de la calle. Cuando la iniciamos tenía un título tentativo y Huelepega servía además para reconocerla. La idea de abordar el tema de los niños huelepega no viene aislada. Se habla también del colapso de las instituciones, de la parte policial; hay muchas cosas que se denuncian: la droga, el descontrol de la zona, eso fue lo que yo encontré. Me hubiera gustado hacer otra cosa, pero esa era la verdad de todas las entrevistas. Hay una economía basada en el narcotráfico. Arriba existen muchos Pelaos y Mochos —personajes del filme—.
—¿Cree que el final de su historia es el apropiado?
—Sí, absolutamente. Vi Estación Central (de Walter Salles) y también tenía la opción de que la gente se fuera tranquila a su casa. Que abrigara la esperanza. Pero no quería que la gente quedase en paz. Hay que hacer algo para solucionar las cosas. Esta es una película de denuncia, no para tranquilizarte. Toca un tema importante, puedes amarla u odiarla. Mi opción era realizar una denuncia, no ser cómplice.
—No hay una propuesta novedosa en su óptica. La película parece anclada en esa estética que desarrolló Clemente de la Cerda.
—No lo veo así. No tengo una escuela de algún tipo. No me guío por ningún cineasta. La estética fue generada por el tema, no para que digan qué buena soy. Eso es una estética que nace de la misma obra. Si eso se relaciona con Clemente de la Cerca, no ha sido la intención. Mi única frustración ha sido no poder rodar en blanco y negro, pero no descarto esa posibilidad. Los productores me prometieron que la copia definitiva va a ser en blanco y negro. Es la copia que quiero llevar a los festivales.
—¿Qué ha quedado de esta experiencia?
—Es una ópera prima y ha sido un aprendizaje muy grande que me marcó para toda la vida, no sólo por el tema. Creo que como siempre la intuición me irá dictando hacia dónde me tengo que mover. Estoy consciente de que los proyectos tienen que hacerse. Las obras geniales no existen, las vas haciendo.
