Entrevista a Adrián Biniez, director de Gigante, por Diego Lerer. Publicada en Clarín (Argentina). 25 de marzo de 2009.
Es habitual que muchas figuras uruguayas del espectáculo se radiquen en la Argentina y hagan buena parte de su trabajo aquí. No tan común parece ser el caso opuesto, el de Adrián Biniez, un realizador nacido en la Argentina hace 34 años, criado en Remedios de Escalada, cinéfilo de vocación y cantante de una banda post-punk, que un día decidió irse a Uruguay, mitad por amor y mitad por trabajo, y allí se quedó hasta terminar radicándose en Montevideo. Aunque aquella banda y aquel amor no existan más.
Biniez es el director de Gigante, película que ganó tres importantes premios en la última Berlinale (mejor opera prima, premio Alfred Bauer y el Gran Premio del Jurado) y que hoy abre la onceava edición del BAFICI en el Teatro 25 de Mayo. El filme narra la historia de Jara, un guardia nocturno de un supermercado y la relación que va estableciendo con Julia, una chica que trabaja como repositora, a la que sigue, primero, a través de las cámaras, y luego por las calles de la ciudad. Pero lejos de ser (o parecer) un acosador, Jara piensa en protegerla y, especialmente, en atreverse a dirigirle la palabra.
No cabe duda que la película merece los premios y los elogios recibidos. Se trata de una historia chiquita e íntima, con el humor asordinado tan propio de los creadores de Whisky que va llevando al público con sutiles gestos y pinceladas mínimas, metiéndolo en el mundo de un tipo con apariencia violenta pero terriblemente tímido y tierno.
«Empecé a venir a Montevideo porque con la banda que tocaba a fines de los ’90 (Reverb), nos iba mejor acá que en Buenos Aires», dice Adrián («Garza» para todos) desde Montevideo. «Yo era el cantante y llenábamos lugares chicos, mientras que allá no tenía laburo, nada, y el tipo de música que hacíamos -indie, post-punk- todavía no le interesaba a nadie».
El cine era para él una pasión, pero nunca estudió una carrera ligada a eso. «Era cinéfilo de ver películas, de leer revistas, desde chiquito. Desde los nueve años que quiero ser director de cine, pero por diversos motivos se me complicó estudiar y pensé que nunca iba a poder hacerlo».
Estando allí se hizo amigo de la dupla de 25 Watts y Whisky, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, y empezó a escribir guiones para una miniserie de televisión para su productora, Control Z. «Escribí el guión de la película, se los mostré y les gustó. Les dije que quería dirigirla pero me dijeron: ‘Nunca dirigiste nada’. Entonces hice un corto como para probar si podía hacerlo. El corto se llama 8 horas. Les gustó y le dimos para adelante».
Biniez cuenta que la historia es una mezcla de inspiraciones. «Físicamente, en un amigo mío, pero yo también fui repositor de un supermercado y tiene que ver mucho con mis experiencias. Me quedé fascinado con ese mundo. Y la historia mezcla un poco todo, cosas que me pasaron a mí y otras de amigos».
Adrián no se imaginaba en el Festival de Berlín, mucho menos en la competencia, y ni soñaba con volver multipremiado. «Para mí era un flash ir a Alemania -dice-. Para mí estar en una sección paralela a cualquier hora me alcanzaba. Pero cuando salió la competencia oficial fue como más todavía. No lo podía creer.»
El director admite que tuvo mucho miedo. «Tenía la sensación de que la iban a destrozar -confiesa-. Esa sección estaba llena de monstruos y estaba seguro que no nos iban a dar bola. Pero cuando se pasó y la gente se reía empecé a pensar que por ahí no iba a pasar inadvertida».
Entre la première y la ceremonia de premios, «la peli se empezó a vender a países rarísimos, como Corea, y el día anterior al cierre hicieron volver al productor a Berlín, por lo que ya sabíamos que algo habíamos ganado. Con el primero, el de opera prima, ya estaba feliz. Con el segundo (el Bauer) ya era muchísimo. Pero cuando me dieron el Oso ya era increíble, no entendía nada».
Fue allí que la película fue invitada al BAFICI y la historia prosigue esta noche, cuando Biniez llegue de Montevideo y la presente no sólo ante el público en general, sino ante sus amigos y familiares que todavía no la vieron. «Es un orgullo que abra el BAFICI -dice-, pero estas cosas me dan mucho miedo. Tener que lidiar con la expectativa de la gente que tal vez esté esperando algo que la película no es».
