Entrevista a Juan Carlos Valdivia, director de Ivy Maraey, por Santiago Espinoza. Publicada en Opinión (Bolivia). 29 de septiembre de 2013.
Bulo Bulo. Exterior. Día. De ser un guión, ésas serían las coordenadas del inicio de esta entrevista. Porque fue en el poblado del Trópico cochabambino, casi en la frontera con Santa Cruz, donde Juan Carlos Valdivia comenzó a ofrecer algunas pistas en torno a su más reciente largometraje, Ivy Maraey (Tierra sin mal), cuyo estreno está programado para el 17 de octubre. Fue en un extenso claro, abierto en medio de la selva tropical para la instalación de una planta de amoniaco y urea, donde Valdivia, con “uniforme” de trabajo (polera blanca, jean y botines), fue abordado por el suscrito, con la esperanza de sacar alguna información sobre su muy esperado filme, tras el éxito de su anterior obra, Zona Sur (2009). Y si se quiere más precisión, fue a media mañana de un día de mediados de septiembre, bochornoso pero nublado, cuando el también realizador de Jonás y la ballena rosada (1995) y American Visa (2005) debió interrumpir la planificación de una toma para un spot de YPFB, a fin de atender a su impertinente interlocutor, enviado hasta ese “triste trópico” a cubrir el inicio de la industria petroquímica en Bolivia.
El accidental encuentro no duró más que algunos minutos, pues el estruendo del grupo Norte Potosí y su versión de “Bien le cascaremos” no concedió mayor margen para el diálogo. Pero, aun en su brevedad, dejó entrever el entusiasmo y la fe con que Valdivia ha afrontado su nuevo largometraje. Y además, permitió comprometer al cineasta para una entrevista de a de veras, de esas con grabadora de por medio. Gestiones mediante, la oportunidad finalmente llegó en días pasados y, aunque el contexto fue otro, permitió dar continuidad a la conversación interrumpida por los Norte Potosí en Bulo Bulo, casi medio mes antes. Desde las oficinas de su productora Cinenómada en La Paz y por teléfono, Valdivia ofreció respuestas, complejas pero iluminadoras, a las preguntas sobre el origen de su Ivy Maraey, a la personalísima experiencia que supuso rodarlo, al reto de haberlo también protagonizado y a la reflexión sobre el cine que propone, entre otros asuntos. Algo abrumado y distraído por los afanes promocionales de la cinta, el realizador supo encontrar la claridad suficiente para desentrañar la experiencia de su acercamiento al otro, en una película que cuenta la historia de un cineasta que viaja junto a un líder indígena por el suroeste boliviano para preparar el rodaje de un filme sobre el mundo guaraní.
– ¿Cómo y cuándo nace el proyecto de Ivy Maraey?
Nace después de que yo encontré mi sueño boliviano con American Visa. A partir de esa película, que hice cuando aún estaba en México, regreso a suelo boliviano, me quedo y empiezo a viajar. Ahí empieza, de una necesidad de reconectarme con el país.
– Lo que, de alguna manera, ya se manifiesta en Zona Sur…
Lo que pasa es que Ivy Maraey debía hacerse antes que Zona Sur. Fue lo primero que abordé cuando regresé, pero pasa que es una película muy compleja y me di cuenta de que mirar a otra cultura no había sido tan fácil. De alguna manera, este proyecto me empujó a hacer Zona Sur, a mirar un poco mis raíces antes de ir a mirar las raíces del otro.
– ¿Podrá decirse que se trata de una película de reencuentro con lo boliviano?
Lo que pasa con Ivy Maraey es que hay un deseo de encontrar esa Bolivia, pero me obliga también a conocerme a mí mismo, a hurgar un poco más en mí, en un sentido filosófico.
– De hecho, la historia parte de la aventura en que se enfrasca un cineasta, al que encarnas vos mismo en Ivy Maraey, a fin de investigar para una película sobre el mundo guaraní, lo que, seguramente, alude a tu propia experiencia…
Sí. Quise hacer una película basada en hechos de primera mano. Más allá de que haya leído e investigado mucho sobre el tema de la cultura guaraní, quería hacer una película en primera persona. Hay mucha gente que ha escrito sobre el tema, pero creo que se necesitaba un relato sensible él. Entonces, la única manera en que podía diferenciarme era haciendo un relato sensible sobre el tema, y no así un relato antropológico ni erudito.
– La sinopsis del filme hace referencia al fragmento de una película de 1910, filmada por el explorador sueco Erland Nordenskiöld, sobre el pueblo guaraní, que sirve de detonante para el viaje del protagonista. ¿Cuál es el origen de esa filmación?
A mí me sorprende la ignorancia que tenemos los bolivianos sobre muchas cosas, empezando por mí mismo. Realmente, hay un lugar en Suecia donde existe un montón de información sobre las culturas de tierras bajas que ni siquiera acá tenemos. Ni siquiera en nuestros museos hay suficiente información al respecto. Es una paradoja que me llamó mucho la atención. Nordenskiöld es un referente de algo que existió y ya no existe y, de alguna manera, yo siento también que lo que Ivy Maraey toca dejará de existir.
– Por su descripción, ¿Ivy Maraey podría ajustarse a esa suerte de subgénero cinematográfico que se ha dado en llamar “cine dentro del cine”?
Sí, ésta es una parte que es definitivamente importante. Siempre quise hacer una película que tuviera que ver con el cine, pero es un tema que es también muy difícil de hacer. Hay una parte de la película que habla mucho de esto de ir a mirar al otro, de esta acción casi agresiva de ir con una cámara a filmar al otro. La película deconstruye todo eso. Yo siempre estuve muy consciente de que estaba yendo a hacer una película, que ellos querían que haga una película, porque se querían mostrar. Por supuesto que, cuando tú vas a hacer el retrato de alguien y esa persona quiere mostrarse de esa manera, al retratista es lo que menos le interesa. Al retratista le interesa lo que nadie quiere mostrar de sí mismo. Entonces, hay un enamoramiento y una tensión entre esta persona que quiere retratar, el retratado y lo que el retratado quiere que se retrate. Ahí se ve cómo entra el cine y la problemática de ir a filmar a otra cultura, así que termino filmándome a mí mismo.
– Esta apuesta parece materializarse en un registro que, por los adelantos hasta ahora difundidos, dificulta la distinción entre lo ficcional y lo documental dentro de tu nuevo largo…
Es el recrear la experiencia, recrear la vivencia. Por eso, obviamente es ficción, usa los recursos del cine de ficción, pero, definitivamente, está mirando una realidad y algo que ha sido vivido. Es como ir tras los pasos de algo que ha sucedido y que está fresco.
– Entendemos que este afán por recrear tu experiencia explica también tu decisión de protagonizar Ivy Maraey. ¿Cómo ha sido la experiencia de ponerte delante de cámaras?
He tenido la suerte de contar con la colaboración de un gran colega, que es Diego Aramburo. He trabajado meses con él. Ha sido una experiencia maravillosa. No ha habido clases de actuación ni mucho menos, sino que, simplemente, (lo mío) ha sido un performance. El trabajo con Diego me ha ayudado a afinar y cernir todo ese proceso performático que tiene la película. En ella todos simplemente somos. El performance tiene esta cosa ritual, de repetir algo y de que sea real cada vez. Por eso, la película, a ratos, es muy contenida, porque no hay una exaltación de la emoción. No es como cuando tú haces una película y el director busca emocionar a los actores. Ivy Maraey no tiene nada de eso, así que es muy contenida y sobria en ese sentido, porque hemos respetado un concepto filosófico-artístico, que era muy importante llevarlo hasta la última consecuencia. Si yo me ponía a actuar, creo que le hubiera hecho mucho daño a la película. De alguna manera, yo tenía que servir a esa obra con mi presencia y mi sentimiento.
– Otra de las cualidades distintivas de Ivy Maraey es que se ha filmado en 35 mm, un formato prácticamente en desuso en Bolivia y en franca extinción en todo el mundo. ¿A qué obedeció la elección del formato tradicional del cine para este nuevo largo?
Hay una especie de metalenguaje: una película que habla sobre el cine, porque Ivy Maraey es una maraña, como lo es también el Chaco. Es una película que se va enmarañando, en su narrativa, en el paisaje y en los lugares que recorre. El celuloide está en vías de extinción y, de alguna manera, la película te alerta de que hay cosas en nuestro país que están en vías de extinción, como las cosas que retrató Nordenskiöld hace 100 años, muchas de las cuales ya no existen, como muchas de esas culturas tampoco. Me pareció que haciendo una película que habla del cine, la paradoja, la metáfora era elocuente.
