Crítica de 'La Tigra', por Alfredo Galo Torres. Publicada en Fuera de Campo, Vol. 1, No. 5 (2017): 40-59.

Alejo Carpentier afirmó que “la realidad es que algunos de los escritores que más admiramos jamás tuvieron miedo al melodrama… Ni Sábato ni Onetti temieron al melodrama. Y cuando el mismo Borges se acerca al mundo del gaucho o del compadrito, se acerca voluntariamente al ámbito de Juan Moreira y del tango arrabalero”.29 Aclaremos que el narrador cubano identifica el melodrama con el mal gusto, lo excesivo, lo tremebundo y hasta lo sangriento. De aquí que no sea desatinado señalar rasgos melodramáticos en La Tigra, en el cuento del narrador guayaquileño José de la Cuadra (1903-1941) y mucho más en la libre adaptación que hiciera en 1989 Camilo Luzuriaga, película que recompensa su indigenismo atrasado con abismos de pasión, erotismo excesivo y a la vez contenido, resultado de la eterna lucha entre el deseo y el ideal ascético cristiano. Por supuesto, no se nos escapa que estamos, otra vez, en la ficción ecuatoriana, frente a la construcción de una mirada masculina del mundo femenino (del novelista, del guionista, del director y los narradores); y ese erotismo con trauma (culpa y castigo) delata el aroma melodramático que circula por la historia de una mujer-jefe-eros, sacrificada y que sacrifica, donde el cuerpo erótico es finalmente sometido a libertad condicional: el exceso carnal de una mujer se paga con la castidad de otra. En esta película está quizá la escena modelo del melodrama cinematográfico latinoamericano: las pasiones contrariadas que se cantan con guitarra y alcohol en una cantina; el fantasma de Agustín Lara ronda por allí. El final juega con esa doble lanza en la que melodrama se quiere tragedia: un sacrificio para una redención.