Entrevista con Fabrizio Aguilar, director de Paloma de papel, por Juan Álvarez. Publicada en La Republica. 30 de agosto de 2003.

Estamos en su casa barranquina, una especie de morada rústica en plena avenida Grau, frente al Gálvez Chipoco. Fabrizio Aguilar elige sentarse delante de la gigantografía CHICA DINAMITA. Melania Urbina interpreta a una adolescente captada por Sendero Luminosa. Se le ha mandado confeccionar para la promoción de su película, pero antes parece mirarla con orgullo, como quien por fin puede disfrutar de aquello que siempre buscó. Es que, según cuenta, él siempre quiso ser director de cine, aunque al terminar el colegio confesar esa inclinación era más o menos lo mismo que decir que iba a ser astronauta. Una idea a todas luces descabellada. «¿Quién me va dar plata para hacer una película?», solía preguntarse cada vez que su vocación volvía a desafiarlo. Y entonces decidía postergar (nunca renunciar) el sueño. Pero algo había que hacer, y lo más cercano que encontró en la universidad era Ciencias de la Comunicación. Estudió sólo hasta el sétimo ciclo. «Había llegado a mi límite. La universidad ya no me podía dar más», explica ahora sin asomo de arrepentimiento. Claro, una decisión en cierto modo comprensible cuando, durante esos casi cuatro años, él ya había aburrido a sus amigos con su afán de acaparar todo a la hora de realizar alguna tarea audiovisual, pero sobre todo porque ya sabía lo que era ganar dinero gracias a su participación en telenovelas de moda. «Los mejores talleres y prácticas los tuve en la chamba», sostiene en lo que fácil podría convertirse en su versión propia de «Al colegio no voy más (ni huevón)». Y como para no dejar su prédica en la retórica, en 1996 decidió invertir sus ahorros (entonces la tele pagaba mejor que ahora) para cumplir con lo que para él iba a ser una especie de tesis: producir un cortometraje. Y aunque tuvo como título «La cuerda floja», éste terminó convirtiéndose en su trampolín a la fama. Esa experiencia le permitió darse cuenta de que, si hubiera elegido ser astronauta, tal vez pudo haber llegado a navegar en un transbordador. Entonces él tenía que hacer una película. Era 1997 cuando empezó a escribir el guion. Fabrizio recuerda que en esos días el problema del terrorismo parecía superado, pero él sentía que, más bien, éste subsistía y pocos se animaban a hablar abiertamente al respecto, a intentar revelar lo que realmente pasó desde la década del 80. «Tenía una inmensa necesidad de contar lo que había vivido siendo chiquillo -refiere-, cuando las bombas nos dejaban sin luz y uno salía con los patas a ver dónde habían explotado, como si se tratara de una cuestión turística. Al principio en la ciudad no valorábamos a cabalidad lo que realmente sucedía en la sierra, hasta que nos tocó. Pero después terminamos acostumbrándonos. Nos parecía normal. Tal vez por eso creí importante contar lo que sucedió en los pueblos del ande, e investigué mucho en ello». En esa búsqueda, Fabrizio se topó con casos de huérfanos de la guerra, niños que habían estado en medio de dos fuegos y que hubieran preferido no vivir para contarla. Testimonios y dibujos que revelaban con crudeza circunstancias que -supuso él- ayudarían a muchos a entender el problema de la violencia política. «Un niño siempre está jugando y suele ver las cosas de otra manera. Le enseñan a utilizar un arma y, si lo hace bien, lo aplauden y él se siente feliz. Eso que parece divertido, es algo muy fuerte», indica enfatizando que su película no es un tratado ni un documental, sino un cuento relatado desde un punto de vista muy personal. Nada más que eso. Aquí, Fabrizio desea hacer un punto aparte. El estreno de «Paloma de papel» se producirá justo cuando todo el país discuta las conclusiones de la Comisión de la Verdad y, por casualidad, su película también aborda sucesos que algunos personajes hubieran querido callar. «Me da pena que algunos se cierren tan exageradamente -sentencia-. No quieren entender que de lo que se trata es de recordar para no volver a sufrir, o para mostrar lo que sucedió a aquellos que no lo vivieron o ya lo olvidaron. Me apena que haya quienes prefieran cerrar los ojos ante la muerte de tantos peruanos. Que no se valore a los miles de muertos, a sus familiares, al Perú como tal. Imagino que tienen miedo quienes están involucrados en las muertes, pero es injusto que ellos traten de ocultar lo que sucedió. He visitado la Casa de la Verdad y salí chocado, con una mezcla de depresión y rabia. ¿Cómo pudimos haber sufrido a un Abimael o a un Comandante Camión, que mataban indiscriminadamente? Mientras no se tengan presentes las causas de la violencia y se trate de buscar soluciones para ellas, todo puede volver a repetirse. ¡Por eso es necesario recordar!». En el cine, la mayoría de las veces la historia lo es todo. Y felizmente así fue para Fabrizio. En el 2001 su guión fue premiado por el Conacine con una cantidad de dinero que terminaría cubriendo la tercera parte del presupuesto total, que bordea los 400 mil dólares. El resto fue cubierto en parte por otras instituciones a las que el autor mostró su trabajo, como Ibermedia y USAID, y tocando otras puertas consiguió que Cuba asumiera la coproducción, encargándose del proceso final del filme y de los materiales que se necesitaron en él. Quedaban detalles y deudas pendientes (felizmente nada relacionado con los trabajadores y técnicos, a quienes se les pagó todo), así que formó la empresa Luna Llena Films, con la que se responsabilizará también de la distribución para recaudar en la taquilla el mayor dinero posible. «Esta aventura ha resultado muy complicada, sobre todo al conseguir financiamiento -puntualiza-. Tienes que intentarlo con todos, y ser perseverante. Además, los procesos son muy largos. Ahora me preguntan cuál será mi siguiente proyecto, y yo debo decir que sólo tengo tiempo para pensar en las deudas. Definitivamente, el resultado de «Paloma de papel» va a marcar qué haré después. Soy consciente de que este no ha sido un buen año para el cine peruano (y lo más triste es que todas las películas han sido también de directores debutantes), pero tengo fe en que la gente responderá positivamente». Ojalá que esa fe mueva al público hacia los cines.