Crítica de El Grill de César, por Iván Sandoval Carrión. Publicada en El Universo, el 26 de abril de 2015.
El grill de César, el documental premiado de Darío Aguirre, muestra con inusual naturalidad lo que un cineasta ecuatoriano puede hacer con poca plata, talento millonario, pasión por el arte y consecuencia con la verdad. Darío, un joven migrante ecuatoriano residente en Alemania, regresa temporalmente al Ecuador para ayudar a su padre, César, a manejar su pequeño restaurante de pinchos al borde de la quiebra. En este retorno, el joven artista decide documentar la aventura y registrar las vicisitudes de su reencuentro con sus padres y con su país, desde Hamburgo hasta Ambato, Baños y Guayaquil. El resultado es una película irresistible, ecuatorianísima en su sabor y universal en su temática. ¡Imperdonable perdérsela!
El eje de las preguntas que confronta Darío en su regreso al hogar paterno concierne a todos los varones y trasciende la maternal cultura ecuatoriana. ¿Por qué a los hombres nos resulta tan difícil hablar de nuestros afectos? ¿Por qué es tan complicado hablar con nuestro padre? ¿Para qué buscamos su reconocimiento? ¿Por qué usamos a la madre como intermediaria ante el padre? ¿Qué hacemos cuando ella falta? Como lo dice Darío en una de sus canciones: “Si logro hablarle a mi padre, nadie me podrá parar”. Si algo define la condición masculina y su posición en la vida, es la solución singular que cada hombre construye para hacer funcionar su relación con el padre, en cuanto ella es diferente de la relación supuestamente natural que tenemos con la madre desde nuestro origen. De ello se derivará lo que podamos inventar con nuestros hijos.
En otro orden, señalemos que las tres películas ecuatorianas que han obtenido mayores reconocimientos de crítica y del público en los últimos años (El grill de César, La muerte de Jaime Roldós y Con mi corazón en Yambo) son documentales. Ello se presta a varias lecturas no excluyentes. Quizás la realidad nacional tiene más imaginación que algunos guionistas paisanos. Quizás nuestro público aún espera un cine ecuatoriano con el que pueda identificarse, y que divierta y tenga ideas al mismo tiempo. Quizás nuestros espectadores ya se cansaron (nos cansamos) de tantos dramas intimistas que no transmiten nada más allá de los conflictos de sus autores. Quizás nuestro público va al cine para no pensar, y por eso abarrota la sala vecina (Rápidos y furiosos 7) a la nuestra, donde solo estamos ocho personas.
Si la realidad ecuatoriana supera la ficción, un buen documental sobre nuestro aparato de (in)justicia sería más indignante y subversivo que Sacco y Vanzetti; uno sobre los carteles mexicanos de la droga en el Ecuador tendría más acción y mejor taquilla que Contacto en Francia; uno sobre el embarazo de adolescentes sería menos chistoso pero más verdadero que Juno, y uno sobre la verdad de los políticos ecuatorianos despertaría a nuestro letárgico público mejor que Z o Todos los hombres del presidente. A menos que nuestros guionistas de ficción superen la realidad ecuatoriana, o la copien cambiando los nombres para proteger a los “inocentes”.
Posdata: En nombre del buen cine, solicito a nuestras cadenas que promuevan y prolonguen la exhibición de El grill de César para que la mayor cantidad de compatriotas pueda verla.
