Entrevista a Alberto Rodríguez, director de 'Grupo 7', por Cristina Abad. Publicada en Revista Fila 7, en abril de 2012

Es un tipo afable pero contenido. Hay críticos que le auguran un rotundo éxito en los próxi­mos Goya. Él no echa las campanas al vuelo: “To­davía queda mucho tiempo y cine por estrenar. No adelantemos acontecimientos”.

Le encontramos en una sesión del Máster de Guión de la Universidad de Sevilla. Sus primeras re­ferencias son para la situación actual del cine es­pañol. “No es nada halagüeña. Este año se han empezado siete películas. El pasado, iban 20 por estas fechas. La media de los últimos años está en 130. Si logramos llegar a 40 nos po­demos dar con un canto en los dientes. Con la crisis van a quedar las de bajo coste y alguna de gran presupuesto, de catástrofes, como Lo im­posible, de Bayona“.

Doce años han pasado desde El factor Pilgrim, aque­lla aventura londinense, una película senci­lla pero fresca y original. En su haber cuatro lar­gos y guiones y dirección de series como His­pa­nia. “No se puede escribir sin tener claro qué quie­res decir. La idea es lo que hace que la pelí­cula ‘suba’. Todo está contenido ahí. Definirla re­quiere estudio. Con 7 vírgenes estuvimos tres me­ses hablando de lo positivo y negativo del sis­tema penal, entrevistamos a menores, etc.”.

Grupo 7 nació de un sumario que le facilitó un amigo abogado sobre un caso de narcotráfico en la Sevilla de los 80. Han pasado 30 años y la ciudad ha cambiado. “Entonces, en lugares tan céntricos como La Alameda ocurrían cosas in­creíbles, era un barrio peligroso, difícil de tran­sitar. Quisimos contar la historia de cuatro po­licías encargados de limpiar varias zonas de Se­villa en el contexto de la Expo’92, cuando el di­nero entraba a espuertas en la ciudad, como en la época de la Conquista de América. La histo­ria trata de un narco­tráfico de mesa camilla y ba­buchas. Muchas ve­ces relacionamos la droga con maletines de bi­lletes, gafas de sol, cochazos, y sin embargo la realidad es bien distinta”.

Equilibrio entre acción y personajes

El resultado es un film policiaco inusual, con per­secuciones vertiginosas por los tejados de la fá­brica de Artillería de San Bernardo y por las ca­lles del centro sevillano, pero con un tratamien­to intimista de los personajes. “Una pelícu­la donde la acción y los personajes se equilibran”, explica. “Últimamente las películas de acción parecen videojuegos y nosotros queríamos algo más real. Mostrar el ascenso y caída de cua­tro polis que son una banda de gángsters. Las películas de corrupción se suelen contar des­de el punto de vista de un periodista, de un po­licía, de un abogado que se encuentran en el la­do de los buenos. Al principio, íbamos a hacer eso pero pensamos que había demasiadas pelícu­las así. Queríamos que el espectador entrara en el punto de vista de estos policías corruptos. Es bueno acompañar al público para que entien­da dónde está el bien, pero es mejor que com­prenda lo que está viviendo el personaje, aun­que sea malo”.

El rodaje estuvo lleno de contratiempos. Unos, por la proximidad en el tiempo de los suce­sos que se cuentan: “Es más difícil recrear épo­cas recientes que antiguas. Para una película del siglo XVI pones una capa y dice todo el mun­do: ‘ah, sí, es del siglo XVI’. No hay referen­tes; pero en una película reciente, sí. Sacas un mó­vil en 1989 y todos saben que enton­ces casi na­die tenía, eliges una localización y sa­len por to­das partes los nuevos bolardos”. Otros, por la com­plejidad de la historia: “La pelí­cula narra la evo­lución del grupo de policías y ocu­pa cinco años, del 87 al 92. Esto requiere cam­biar mucho de localizaciones, y perjudica a la dirección de ac­tores porque les obliga a resituar­se. En total han sido 130 secuencias y más de 80 localizacio­nes. Y todo rodado en 8 semanas escasas”.

Para el director sevillano, la definición de los per­sonajes tiene gran importancia, así como los ob­jetos, que actúan como metáforas. La vida real le sirve de base. “Hay un personaje en la pe­lícula que está inspirado en un gitano que vi­ve en La Alameda y lleva 30 años de yonqui. A ve­­ces está hecho polvo, otras muy aseadito y re­peinado. Es un tipo inmortal. Lleva una pulse­ra de Vírgenes a las que da muchos besos. Voy to­mando fotos de objetos que me inspiran. Un dis­co de Pata Negra con unas palmeras de fondo, que parece Los Ángeles, y delante una ladera llena de basura. O un ángel que sale en un cua­dro de un bar de la película. Porque los cuatro policías son cuatro ángeles caídos, por eso tie­nen nombres de arcángeles. Hay quien dice que la película es muy religiosa. No es así, es es­ta ciudad la que es muy religiosa. En cada esqui­na hay un cuadro, una iglesia, y, lógicamente, eso se nota en la película”.

Autocrítica

Alberto Rodríguez mira su trayectoria con es­píritu crítico. 7 vírgenes (2005) y After (2009) son dos películas sobre el paso del tiempo. En el primer caso, el paso a la madurez de un chaval que lo pierde todo; en el segundo, unos cuaren­tones peterpanes. “Entre las dos, es mejor la pri­mera, por tratar de adolescentes. Con After tu­vimos un problema de tono. Se prometía una pe­lícula divertida que resultó patética al ser ma­yores sus protagonistas. Nos salió muy dura. Ade­más, procuramos dar intensidad a todas las fra­ses y eso no puede ser, porque entonces no des­taca nada”.

Sin embargo, habla de El factor Pilgrim (2000) como de un primer amor. “La ilusión de la primera película nunca más la tienes. En aquel momento, Santi Amodeo y yo estábamos en otras cosas pero pensamos: o damos el salto aho­ra y nos jugamos el dinero o seguimos como es­tamos. Y decidimos lanzarnos a escribir. Yo ha­bía ahorrado tres millones de pesetas. Fuimos a Londres en verano con la intención de rodar la película en 21 días. Queríamos saber si éramos capaces de enfrentarnos a un ‘largo’ y contro­lar los tiempos dramáticos. Si hubiéramos he­cho un mejor guión la película hubiera resulta­do mejor. Al llegar, tuvimos ocho días para en­contrar actores ingleses, buscamos decorados, al­quilamos una casa para grabar donde también vi­víamos. No sabíamos nada de escenas, rodába­mos en cualquier esquina, en un taxi, dando pro­pinas, sin permisos… Tardamos dos años en ter­minar de montar. Aparecieron dos productoras y decidieron apoyarnos. Luego se estrenó en el Festival de San Sebastián en 2000. No fue mu­cha gente a verla pero para Santi y para mí fue el comienzo de una carrera”.

 

Deja un comentario