Crítica de 'La vida útil', por Javier Diz. Publicada en Los Inrockuptibles, el 13 de julio de 2011
Hace unos años se podría decir que había pocas películas uruguayas. Hoy hay que decir que hay pocas películas como La vida útil. Su forma de andar, su tono, su humor solapado, su melancolía, se relaciona con un contexto ya no espacial sino cinematográfico, en el que se reconoce un mundo particular, propio de un cine influenciado tanto por su idiosincrasia como por los recursos cinematográficos que se repiten en varias de las producciones recientes. Van diez minutos de la nueva película del director de Acné y ya reconocemos su universo. Personajes que parecen resignados a su pachorra cotidiana, a los que la película sigue guiada por su ritmo, pausado, contemplativo, cansino. El protagonista, un veterano trabajador de la Cinemateca de Montevideo, no parece tener una vida más allá de su ocupación, la que desempeña con un profesionalismo algo aparatoso. “Como en una película de Kaurismäki”. Sí, otra vez, la bomba Kaurismäki parece haber explotado desde Whisky hasta acá, y sus ecos siguen reverberando en muchas de las propuestas que llegan a esta costa. Pero hasta acá, el juego de las analogías. Porque decíamos al comienzo que hay pocas películas como ésta.
Veiroj muestra Montevideo en blanco y negro, y la vuelve así más melancólica. Cuenta que la Cinemateca de la ciudad no se sostiene económicamente, la gente no va (la gente ya no va al cine: debate solapado de la película) y que los que la bancan le sueltan la mano. Jorge (Jorge Jellinek, crítico en la vida real) se queda sin trabajo, y descubre que hablar de cine, locutar películas mudas y hacer gacetillas para la Cinemateca era lo único que sabía hacer. Sin trabajo, le sobra el tiempo, y sale a la calle, ese lugar donde pasaban cosas pero él no se enteraba. Y ahí la película se transforma. Jorge descubre que por fuera de los límites del mundo que se había construido, hay otro, desconocido para él, en el que deambula como un alien olvidado en medio del tráfico. El tipo no puede –no sabe, no se anima– ni cruzar una avenida con mucho tráfico. Y su cabeza, que no encuentra las coordenadas para decodificar ese mundo tan “normal” pero ajeno a su lógica, empieza a mecanizar la película misma. Jorge se mueve como un niño en un parque de diversiones, se ríe solo, canta, camina raro y baila en las escaleras de la Universidad a la que va a intentar conquistar a la mujer que lo moviliza. Estos movimientos, torpes, inesperados, hacen que la película se sacuda –aunque sin perder la tristeza– ese halo de gravedad que la podría relacionar con El empleo del tiempo, la obra maestra de Laurent Cantet, y le otorgue una gracia casi fantástica, como si en la cabeza de Jorge funcionara un musical en repeat (sus acciones están envueltas en una banda de sonido con orquestaciones que emulan las de películas clásicas, además del plus de “Los caballos perdidos”, una vieja canción de Leo Maslíah, que enrarece todo un poco más). El efecto es agridulce, pero único, como una de esas melodías alegres con letra triste que no se pueden olvidar.
