Crítica de Decile a Mario que no vuelva, por Rosalba Oxandabarat. Publicada en Brecha (Uruguay), el 10 de octubre de 2008

No deja de ser una coincidencia, nada extraña si se quiere, que coincidan en la cartelera montevideana dos documentales cuyo tema central, más allá de las diferencias de tono y de mirada, sea la dictadura.

A pocas semanas del estreno de «El Círculo», de Aldo Garay y José Pedro Charlo, llega este filme de Mario Handler. Un poco más atrás pero el mismo año, las películas de ficción «Matar a todos», de Esteban Schroeder y «Polvo nuestro que estás en los cielos», de Beatriz Flores Silva, abrevaban cada una a su manera en la dictadura o sus secuelas. Por alguna impredecible sincronización, distintos cineastas abren las compuertas a búsquedas, emociones e interrogantes que por diversos motivos no pudieron abrirse antes.

«Decile a Mario que no vuelva» es un documental hecho a base de entrevistas. Tiene el tono urgido, a veces exasperado, que no es ajeno a ninguna película de Handler. Resulta sorprendente, y resultará provocador, por varios motivos; por lo que el cineasta eligió mostrar, por el carácter de quienes brindan testimonio. El primero que salta a los ojos, es que en quienes brindan estos testimonios no sólo están los de quienes sufrieron la dictadura, desde la cárcel o desde la vida cotidiana, sino también los de algunos que la sostuvieron y actuaron a su favor. La búsqueda de Handler indaga en una cantidad de vivencias, recuerdos e interpretaciones de y sobre ese período, pero lo hace desde una vocación inquisidora y abarcadora, preocupándose por tomar nota aún de aquello que, de alguna manera, molesta o duele saber. Es la primera vez, que en cine, está presente esa «vereda de enfrente» de los represores y de los partidarios y defensores de la dictadura.

La película confronta, o compara, mediante la edición, lo que puede expresar un torturador con lo que puede expresar un torturado, creando ese diálogo imposible entre experiencias y razones incompatibles. Y no se queda ahí, porque aún en las experiencias narradas por quienes sufrieron la prisión, por ejemplo, habrá más de un matiz que pone un pedacito de mosaico peculiar a la experiencia colectiva de ese tiempo oscuro. Lo que eligió poner Handler de lo mucho que filmó (ver entrevista) parece obedecer a esa necesidad de intentar recomponer una vivencia multiple. Todo eso sucedía, y era simultáneo, en el espacio histórico y especial de la dictadura: el horror y el humor, la afirmación y la duda, el buscar algún alivio a lo peor o algún recurso supremo de prolongar la vida cuando todo parecía señalar el camino contrario. Probablemente quien vaya a ver «Decile a Mario que no vuelva» discutirá lo que está y lo que falta (esta cronista lo hace), tendrá su propia propuesta de qué importa más o menos. De lo que no queda duda es de que esta película podrá despertar un millón de sentimientos, menos la indiferencia.

El mismo Handler se incluye en su película, estableciendo un vínculo peculiar con su creación, mediante un extraño, doloroso proceso de sinceramiento -no se autoadjudica en tanto personaje ninguna heroicidad o protagonismo político. Es el autor, y uno más de quienes testimonian, el exiliado, con sus carencias y sus esperanzas, en una suerte de reencuentro con un pasado y un presente cuyas reales proyecciones siguen siendo huidizas. Como para todos nosotros.

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